El Mejor Guardián

Para Uriel, Pablo, y Santi. Los niños que me inspiraron a escribir este cuento.

En la casa donde me trajeron vive otro guardián, se llama Coco.

A él le dan comida dos veces al día, la deja en el plato y la va comiendo como se le antoja. No sé por qué no lo castigan. Yo aprendí que debo comerla justo cuando el amo la deja en el piso, porque si no, te la quitan. A ese confiado ni siquiera le da miedo que yo se la robe. A veces me acerco a su plato para retarlo y él ni se inmuta. Si cuando lo conocí le robé su cama y su carnaza y hasta ahora siguen siendo mías.

Le gusta estar en el jardín olfateando y comiendo ramas. Cuando está echado descansando, él respira profundamente como si nada importara. Al andar, apenas se despeina ligeramente su pelo blanco esponjocito, suave como el algodón. Parece una nube blanca en un cielo despejado. No sé cómo puede estar tan cómodo de parecer una nube flotante, ¡si él es un perro!

close up photo of a white puppy

El día en que mi amo anterior no me llevó al paseo matutino era un sábado por la mañana, con un grandioso olor a tierra mojada impregnando toda la naturaleza del día y era lo que a mí me tenía tan ansioso. Es que me gustan demasiado los increíbles olores que me trae el aire cuando voy caminando por las calles o por la ventana de un vehículo. Me vuelvo loco de la emoción, no hay nada que me guste más que eso.

Free brown pomeranian dog smiling

Cuando me llevaban a pasear marcaba mi territorio por toda la manzana de la casa donde vivía. Debía hacerlo en cada uno de los árboles, por si un día fuera necesario saber cómo regresar y también para que los demás supieran que estuve ahí. Conocí algunos amigos allá a la vuelta de la esquina, ellos no tenían casa ni amo. A veces pasaban hambre, y los humanos los despreciaban. Era extraño porque aun así siempre estaban de buen humor, dispuestos a una buena revolcada cada vez que nos veíamos. A mí me agradaban. No me gustaba que los humanos les hablaran mal. “¡Quítate, perro sucio!” “¡No, hazte para allá, pulgoso!” “¡Ey, deja esa basura!”, les gritaban todo el tiempo. No entiendo por qué. Tal vez a los humanos les asuste la libertad.

Había otros guardianes como yo, dentro de sus casas. Tenían cara de salvajes, pero era divertido pasar por fuera y provocarlos, ellos no podían salir. Cuando menos se entretenían viendo la calle y a la gente pasar. Si no, ¿qué harían?.

El humano que era mi amo me dejaba hacer todo lo que quisiera en el paseo, mientras no jalara la correa. Eso le molestaba. De un lado la ataba a mi collar y del otro él la sostenía, para así poder controlarme y que yo fuera a su ritmo cuando salíamos. Si yo iba más rápido y lo jalaba, me gritaba algo y tiraba de su lado más fuerte para acercarme a él. Me lastimaba un poco, por eso entendí que debía dejar de hacerlo.

Los días que me llegaba ese olor de tierra húmeda eran los mejores; sabía que en cualquier momento llovería y algunas de esas ocasiones me metían a su casa y podía estar cerca de las niñas. Eran de las pocas veces que tenía ese privilegio. Si es que no me olvidaban en el espacio donde tenían mi cama; a un lado de la lavadora y los tendederos. Igual me divertía un rato remojándome.

Ese sábado que no me llevaron a dar mi paseo por la manzana, llegó una mujer sonriente que ya conocía porque a veces visitaba la casa. Convivía con las niñas y su mamá. Ella me hablaba con mucha amabilidad, tenía unos ojos pequeños que brillaban cuando acariciaba mi pelaje café como si el efecto de hacerlo la hiciera feliz, además que me permitía olfatearla para saber de dónde venía. Olía a maleza y a un perro, aparte de químicos. Me alegraba tanto verla que yo movía la cola sin parar, no podía ocultarlo, ¿cómo podría? Si la tengo tan larga. Mi pelaje en esa parte y mis patas son del mismo color que el pelo de Coco, pero el mío es lacio y abundante. Yo me parezco más a mis parientes los zorros. Ese perro mimado de Coco quién sabe, quizá a un oso panda.

adorable spitz dog in park

La  mujer sonriente con todo y su olor a químicos, también les hacía algo a las mujeres de esa casa para ser felices. A ellas les tomaba sus manos por un buen rato, se las acariciaba y ponía colores usando herramientas que traía en su maletín rosita mientras hablaban y reían. Al retirarse todas quedaban alegres. Era raro porque le daban dinero y aun así se veían felices. Esa raza se pone triste o enojada cuando entrega dinero. Pero con ella era distinto, por eso me provocaba confianza.

Ese día que no hubo paseo, ella le preguntó muchas cosas al amo acerca de mí: que si cuándo me bañaron, que si cuántos años tenía, y algunas cosas más sobre enfermedades y mi comportamiento. Los humanos hablan mucho, ¡si supiera que todo podría saberlo olfateando mi cola!. Se complican tanto. A veces pienso que si hablaran menos, entenderían más cosas. Pero parece que no pueden.

Ella me cargó y subió a su carro. De inmediato me entretuve olfateando todo. Amoldé sus asientos para hacerlos más cómodos. Emocionado me paré con dos patas sobre ellos y las otras dos las puse en la puerta para asomarme por la ventana, pero descubrí pronto que la había dejado cerrada, la muy grosera. ¡Así yo no pude olfatear la calle para saber por dónde íbamos!.

Hacía mucho calor y brinqué al asiento delantero para verificar si esa ventana estaba abierta pero tuve menos suerte. Lo que sí noté es que el olor de ella fue cambiando mientras sus palpitaciones se aceleraban, lo cual comenzó a ponerme nervioso también. Entonces afilé mis garras en el piso por si acaso tuviera que enfrentarme a algún peligro. Mientras tanto, ella me hablaba mucho, desesperadamente. Yo no presté atención a lo que me decía porque estaba acalorado y muy ocupado haciendo todo a la vez. Mira que intenté que bajara las ventanas, pero por más que las golpee, al parecer no entendió, por que nunca lo hizo, y como resultado no pude reconocer el camino.

Cuando por fin paró el vehículo. Ella se bajó primero y entró en una casa donde estaba el guardián blanco, que la recibió con mucha alegría. Él brincó varias veces y dio como tres vueltas de emoción al recibirla, tantas que me dieron ganas de bajarme a mí también para seguirlo, pero él en su fiesta de bienvenida ni siquiera me notó. Empecé a preguntarme si me llevaba a jugar ahí. Esa casa se veía enorme, con árboles, plantas, otros animales y muchos olores; tantos como en el parque. En ese momento yo estaba tan emocionado, que no podía aguantar más para bajar a corretear y averiguarlo todo.

La mujer me abrió la puerta del carro, y ni siquiera alcanzó a ponerme la correa, yo salí disparado hacia el guardián como rayo, veloz como lo eran mis antepasados los Spitz en sus trineos, lo empujé al suelo y lo revolqué con todo mi entusiasmo para saludarlo. “¡Noooooo!, ¡Esperaaaaa! ¡Tranquilo!, ¡Así no, cálmense!”, gritaba ella, mientras el otro perro ladraba a la defensiva. Me detuve porque me alarmó tanto ruido.

De pronto los noté nerviosos y supe que no les había gustado mi intempestivo saludo. Finalmente, como no los conocía, me quedé inmóvil para tantear el terreno. Entonces apliqué la técnica de abrir mis ojos y mirarla con toda mi ternura posible para conmoverla; he notado que así se emblandecen y te perdonan cualquier cosa. Yo creía que estaban listos para la aventura, pero se mostraron asustados de mi gran energía. Y pues sí, se me pasó de la raya la efusividad.

Debido a la emoción, tardé en darme cuenta que ese fue el último día que estuve en aquella casa de antes. Ya no necesitaba reconocer el camino de vuelta.

Así fue como conocí a Coco, a mi humana y mi nuevo hogar.

woman reading a book while petting a dog

Ella intentó por mucho tiempo acariciarme como a Coco, pero a mí eso no me agrada mucho porque no quiero que crean que soy un perro mimado. Yo soy un guardián y no puedo distraerme.

Hay días en los que me siento muy cómodo, entonces me pongo panza pa´arriba para que ella me sobe, pero no lo soporto mucho, la verdad. Algo pasa dentro de mí que me acelera y no puedo controlar mi reacción; le gruño para lanzarle una alerta de que podría morderla. Quiero que vea que sigo siendo feroz. Por su parte, ella se pone triste y me dice: “Simba, no. Eso no se hace. Eso es ser tramposo”.
Mi humana me enseñó que yo tengo un nombre; me dio premios por un mes a diario para que lo entendiera. Se ha esforzado mucho para que yo aprenda tantas cosas: que no juegue rudo con Coco, que no se hacen las necesidades dentro de la casa, no arrebatarle la comida a nadie, ni que los zapatos son mis juguetes. Y, lo más importante, que ahora éste es mi hogar.
Por todo eso, para mostrar mi lealtad yo seré el mejor guardián de la cuadra. ¡No dejaré persona alguna que pise nuestra banqueta sin ladrarle!

sitting pomeranian dog

Y, aunque ahora a mí también me alimentan dos ves al día, me dejan dormir la siesta por la tarde dentro de casa y salir a correr al jardín a diario con Coco, yo no olvido mi cometido y le enseño a él a ser mas rudo cada vez, a perseguir gatos y roedores, así como marcar cada planta de la casa, o cualquier cosa que lo parezca, por si acaso. Quiero que se comporte, por que él es un perro, no un humano.

A veces creo que algo me faltó y no cumplí mi labor con la familia anterior. Tal vez yo fallé y por eso no me quisieron. Es difícil para mí comprender la causa de este cambio. Pero ahora que de nuevo me siento bien, no quiero que me lleven a vivir a otro lugar nunca más. Ésta vez, he decidido hacer que todo el mundo me escuche ladrar, que se enteren que aquí es mi hogar, que ésta es mi manada y que yo soy su guardián.

  • Caricatura de perrito pomerania corriendo
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4 comentarios

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